Voy a empezar por lo que más me cuesta admitir: durante casi dos años, mi cena habitual fue pan con algo. No por falta de tiempo, ni por dinero, ni por ninguna razón noble. Por la cebolla.
Tengo una cocina de siete metros cuadrados en un piso de Valencia, una tabla de madera que ya está más marcada que nueva y un cuchillo que nunca está tan afilado como debería. Cada vez que pensaba en hacer un sofrito, un pisto o simplemente una ensalada decente, se me venía a la cabeza la misma secuencia: sacar la tabla, sacar el cuchillo, llorar diez minutos con la cebolla, picar el ajo, que se me pegara a los dedos, y luego fregarlo todo. Veinte minutos antes de que la sartén se encendiera.
Así que dejé de hacerlo. Y con ello dejé de comer verdura casi por completo. En la revisión del médico de empresa me lo dijeron sin dramatismo: «Marta, esto no es una enfermedad, es una costumbre. Cámbiala». Y yo pensé: la costumbre no es el problema, el problema es la tabla.
El vídeo que me hizo pedirlo
Lo vi en el móvil, en casa de mi cuñada. Un cacharro blanco pequeño, del tamaño de un tarro de garbanzos, con una tapa que se aprieta con la palma de la mano. Metías media cebolla, apretabas cuatro o cinco veces y salía picada. Sin cables, sin enchufe, sin ruido de robot de cocina. Se llama VeggieMaster.
Mi primera reacción fue desconfiar. He comprado suficientes trastos de cocina como para tener un cajón entero de arrepentimientos: el pelador que no pela, el rallador que se atasca, el exprimidor que solo sirve para limones de tamaño exacto. Pero mi cuñada lo tenía desde Navidad y lo usaba a diario, y eso para mí vale más que cualquier anuncio.
Lo pedí un jueves por la noche, con la oferta que estaba activa en ese momento, y me llegó a casa sin gastos de envío. Lo dejé sobre la encimera y no lo guardé ni un solo día en un armario: creo que es la razón principal de que lo haya usado tanto.
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Semana 1: la prueba de la cebolla
El primer día hice lo obvio. Media cebolla grande, cortada en cuatro trozos porque entera no cabe, dentro del vaso. Tapa puesta. Apreté con la mano abierta cinco veces, mirándolo con desconfianza. Levanté la tapa y estaba picada. No perfecta, no como en el vídeo: había un par de trozos más gordos en el borde. Dos golpes más y ya estaba.
Tiempo total, cronometrado porque soy así: veintidós segundos. Y lo más importante para mí: no lloré. Al estar la cebolla dentro de un recipiente cerrado, casi todo el vapor se queda ahí dentro. Eso solo ya me habría valido el dinero.

El ajo fue la segunda sorpresa. Tres dientes, dos apretones, y salió picado fino sin que se me quedara pegado a los dedos ni oliera media casa. El ajo es justo lo que la web del producto promete que hace bien, y en mi caso es verdad.
Semanas 2 y 3: cuando empieza a cambiar la rutina
Aquí está la parte que no esperaba. El aparato no me hizo cocinar mejor: me hizo cocinar más. Cuando quitas el paso que odias de una tarea, la tarea deja de dar pereza. Empecé a hacer sofrito los domingos y a congelarlo en raciones. Empecé a echar pimiento y zanahoria a cosas donde antes no ponía nada. Hice gazpacho dos veces en una semana, algo que no había hecho en años porque me daba palo trocear.
Mi hijo mayor, que tiene dieciséis años y una capacidad milagrosa para no ayudar nunca, se puso a picar apio para una ensalada porque «esto es como un juguete». Eso también cuenta.
Lo que no me gustó (porque hay cosas)
Quiero ser honesta, porque las reseñas donde todo es perfecto no me sirven:
- La capacidad es pequeña. Es un vaso de mano, no un robot de cocina. Si vas a picar dos kilos de verdura para una paella para doce personas, tendrás que hacerlo por tandas. Para dos, tres o cuatro personas va sobrado.
- No corta en rodajas. Pica, no lamina. Si quieres patata en rodajas finas para una tortilla, sigue siendo trabajo de cuchillo o mandolina.
- Hay que aprender el punto. Los tres primeros días me pasé apretando y convertí un tomate en algo parecido a un puré. Menos golpes de los que crees.
- Las cuchillas están afiladas de verdad. Se desmontan para limpiar y ahí hay que tener cuidado y respeto. En mi casa se lava y se guarda el bloque de cuchillas aparte, fuera del alcance de los peques de mi hermana cuando vienen.

Semanas 4 a 6: la prueba del fregadero
Para mí un utensilio de cocina se juzga por lo fácil que es lavarlo, porque ahí es donde mueren la mayoría. Este se abre en tres piezas y se enjuaga en menos de un minuto. El vaso lo he metido en el lavavajillas en la bandeja de arriba sin problema; el bloque de cuchillas lo lavo a mano con el cepillo, porque no me apetece meter la mano en un cajón lleno de cubiertos con eso dentro.
A las seis semanas sigue funcionando igual que el primer día. No se ha rayado el plástico de forma fea, la tapa no se ha aflojado y las cuchillas cortan igual. No puedo decirte qué tal estará dentro de tres años, porque no lo sé y no voy a inventármelo.
¿Merece la pena el precio?
Lo compré en oferta con descuento y envío incluido, y a ese precio me parece una de las compras más útiles que he hecho para la cocina. Hice la cuenta tonta que hace todo el mundo: entre veinte y treinta minutos ahorrados por semana durante un mes y medio son casi tres horas de mi vida que no he pasado llorando delante de una tabla.
A precio completo seguiría diciendo que sí, pero con menos entusiasmo. Con descuento, para mí no hay debate. Los precios cambian según la campaña, así que lo mejor es mirar directamente lo que hay hoy.
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Para quién sí y para quién no
Sí, si cocinas para pocas personas, tienes poco espacio, odias picar cebolla o ajo, quieres comer más verdura sin proponerte nada épico, o buscas un regalo útil y barato para alguien que acaba de mudarse.
No, si ya tienes un robot de cocina grande que usas a diario, si cocinas cantidades industriales, o si lo que necesitas es cortar en rodajas y láminas.
Cómo lo compré
Lo pedí desde la página oficial del vendedor, con el formulario que piden ahí mismo: cantidad, nombre, correo y teléfono. Yo cogí el lote de varias unidades porque regalé uno a mi madre y otro a mi cuñada por su cumpleaños, y por unidad salía bastante más barato. Es también lo que haría otra vez.
No he cambiado de vida. Sigo pidiendo pizza los viernes y sigo teniendo una cocina diminuta. Pero ahora ceno verdura casi todos los días, y eso empezó por un cacharro blanco de plástico que costaba menos que dos entradas de cine.
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Transparencia: este artículo es contenido promocional. La experiencia narrada es un relato individual con fines ilustrativos y no constituye una garantía de resultados. Snow Ibex puede recibir una comisión por las compras realizadas a través de los enlaces, sin coste adicional para ti.
